Todas las noches la nombraban en voz baja, como si fuera plegaria y cumbia al mismo tiempo. Decían Gilda y el aire cambiaba. En los barrios sonaba su voz desde parlantes rajados y radios con antena torcida. Cantaba y algo se acomodaba en la tristeza ajena.
Se paraba frente al micrófono como quien entra a una iglesia sin pedir permiso. No pedía perdón por ser mujer en un mundo de escenarios tomados por hombres. Cantaba. Sonreía. Resistía. Cada canción era una promesa lanzada al aire caliente de los bailes.
La ruta la llevaba de pueblo en pueblo. El colectivo avanzaba de noche. La gente la esperaba con flores, con estampitas improvisadas, con lágrimas listas. Y después vino el golpe seco. El silencio brutal. El metal doblado.
Pero no terminó ahí. Porque su nombre siguió sonando. En altares caseros, en cintas rojas atadas a rejas, en fotos pegadas al espejo. La llamaron santa. La llamaron milagro. La llamaron eterna.
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