Bruja: (definición no certificada, redactada sin supervisión masculina ni permiso celestial).
Sustantivo incómodo que designa a la persona que sabe cosas útiles —cómo bajar la fiebre, cuándo lloverá, quién miente en la mesa— y por eso mismo resulta sospechosa. Especialista en yuyos, silencios largos y miradas que atraviesan paredes finas y excusas gruesas. No hereda autoridad: la junta como leña húmeda y la hace prender igual.
Históricamente confundida con “peligro público” cuando en realidad era farmacia ambulante, psicóloga sin turno y meteoróloga gratuita. Pronostica porque escucha, no porque tenga bola de cristal (aunque si la tuviera, también). Mira la luna, pero sobre todo mira quién está por llorar y quién debería hacerlo hace años.
Fue quemada, encerrada, ridiculizada o diagnosticada según la moda represiva de cada siglo. Las hogueras modernas incluyen comentarios condescendientes, formularios eternos y gente diciéndole “sonreí un poco”. Aun así, persiste. Molesta. Opina.
Presenta capas, amuletos o simplemente cara de “no me jodas”. Transforma la herida en sabiduría doméstica y el rechazo en club privado. Se reúne con otras para intercambiar remedios, chismes y planes vagamente revolucionarios disfrazados de merienda.
No es demonio ni diosa: es mortal con memoria y poca paciencia. Guarda lo no dicho como quien guarda chocolate de emergencia.
Bruja: mujer que dejó de pedir permiso y encima aprendió a disfrutarlo.
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