Carlos Pablo Cocciolo

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domingo, 15 de febrero de 2026

pastiril

Al alba, cuando el rocío aún velaba la hierba de la pradera y la brisa descendía mansa desde la sierra, salió la pastora Delia de su cabaña de pino y barro, llevando en un jarro la leche recién ordeñada y en el pecho un suspiro que no hallaba reposo. El rebaño, plácido y blanco como nube baja, se esparcía por el valle, mientras un zagal, sentado al pie de una encina antigua, templaba la flauta con un canto tan puro que parecía despertar al mismo arroyo.

Corría el agua clara entre piedras doradas por el sol naciente, y en su murmullo juraban algunos oír la voz de ninfas ocultas, amigas del silencio y de la contemplación. Delia siguió la vereda hasta la fuente de laurel y sombra, donde solía descansar en la siesta y pensar, entre esperanza y melancolía, en aquel caballero andante que partiera tiempo atrás prometiendo regreso y fidelidad. Nadie sabía si fue fortuna o engaño, destino o simple azar lo que lo llevó lejos; mas ella guardaba su palabra como pan envuelto en lino, sustento humilde de su constancia.

A lo lejos, sobre una colina agreste, un roble solitario cortaba el cielo claro, y una estrella pálida aún resistía el avance del día, como si velara la memoria de promesas antiguas. El zagal, al verla absorta, dejó la flauta y dijo con sencilla cortesía que no hay lamento que el tiempo no vuelva canto, ni partida que no sueñe con su encuentro.

Y así, entre miel y espinas, entre sosiego y anhelo, prosiguió la jornada pastoril, tan rústica como noble, donde el mundo parecía caber entero en un puñado de sombra, agua y voz humana; y donde cada sendero, por remoto que fuese, llevaba siempre al mismo lugar: al corazón fiel que espera.

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