Carlos Pablo Cocciolo

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martes, 3 de febrero de 2026

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Bien. Subimos un escalón más en el exceso obsceno y grotesco, sin pudor, sin freno, hipérbole hasta que se rompa.


Encontré su habitación después de subir una escalera tan larga que al llegar arriba ya no recordaba por qué había empezado a subir. La escalera tenía años, arrugas, mala leche. Crujía como si se quejara de mi existencia. Cada escalón era un testamento.

Ella estaba sola.
Tan sola que la soledad había pedido refuerzos.
Tan sola que si gritaba eco no volvía: se suicidaba a mitad de camino.

—Hola, Henry —dijo—.
Odio esta habitación. No tiene ventanas.

Mentía por modestia.
No tenía ventanas, ni puertas verdaderas, ni oxígeno potable. Era una caja mortuoria con cama. Una habitación tan cerrada que hasta los pensamientos chocaban contra las paredes y caían muertos. El aire estaba tan viejo que pedía jubilación.

Yo traía una resaca criminal. No una resaca: un genocidio interno. El alcohol seguía vivo dentro mío, organizando sindicatos, rompiendo cosas. El olor era tan asqueroso que pensé que yo mismo estaba en descomposición. Sentía que iba a vomitar el estómago, el hígado, y si insistía un poco más, hasta el apellido.

—Me operaron hace dos días —dijo—.
Ayer me sentí mejor.
Hoy estoy peor.

Peor era poco. Estaba tan peor que la palabra “peor” se quedó corta, se sentó en una silla y pidió un vaso de agua. Su cara tenía el color de algo que no debería seguir funcionando. El silencio zumbaba como moscas invisibles.

—Lo siento, ma —dije.

Mi voz salió tarde, borracha, con retraso emocional. Sonó como una excusa que ya había sido rechazada tres veces.

—Sabes —continuó—, tenías razón. Tu padre…

Y se quedó ahí. Suspendida.
El silencio fue tan largo que me dio tiempo a arrepentirme de toda mi vida, incluso de cosas que todavía no había hecho. Pensé que se había muerto. Después pensé que estaba pensando en morirse. Después pensé que yo era el que se estaba muriendo y nadie me había avisado.

La habitación seguía cerrándose sola.
La resaca me golpeaba desde adentro como un animal encerrado.
La escalera abajo seguía creciendo, por si alguien necesitaba escapar.

No pasó nada.
Pero fue el “nada” más exagerado, obsceno y definitivo que conocí.


Si querés, el siguiente nivel es hipérbole + cinismo feroz (todavía más bukowskiano) o hipérbole grotesca llevada al absurdo surreal.

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Bien. Subimos un escalón más en el exceso obsceno y grotesco , sin pudor, sin freno, hipérbole hasta que se rompa. Encontré su habitación ...