Carlos Pablo Cocciolo

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domingo, 15 de febrero de 2026

hiperbaton

De una infancia —no ida sino inmóvil, no muerta sino deshabitada— quedaban, en luto de trapo más fiel que la memoria vestidas, las muñecas altas en repisa por polvo coronada, guardando sin guardián ni relevo lo que ya nadie roba porque nadie recuerda; y abajo, en rincón contra pared arrinconado, sobre sí mismas rendidas las sillas alzaban un montón que más tumba parecía que asiento, mientras del jardín —si jardín puede llamarse al ademán seco de una rama sin savia— pendía una gracia ya sin gracia, hueso vegetal firmando con aire lo que la casa callaba, y en el ropero, caverna de alcanfor y días abolidos, colgaba sin plan ni plancha el disfraz de este día, máscara sin rostro donde caber no cabe quien creció; por el suelo, como ejército vencido por enemigo sin nombre, yacían los juegos de niña, sin niñez que los convoque, y a los pies del rosal, verdugo de pétalos con espada de espinas, un pájaro muerto —pluma desmentida, vuelo cancelado— ofrecía a la tierra su liviana irrevocabilidad, mientras afuera el barrio, pródigo de resplandores y tacaño de memoria, derrochaba su vida ajena, y sobre los techos las antenas, monjes de hierro en perpetua vigilia, clavaban su soledad hacia un cielo que oía sin responder; de suerte que todo junto —repisa, rincón, ropero, jardín, barrio y altura— no componía casa sino relicario de una sola cosa: la infancia entera detenida, no como recuerdo que vuelve sino como presente que no se va.

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De una infancia —no ida sino inmóvil, no muerta sino deshabitada— quedaban, en luto de trapo más fiel que la memoria vestidas, las muñecas a...