El narrador testigo es una voz que está dentro de la historia pero no es el protagonista. Presencia los hechos, los ve ocurrir, a veces participa de manera secundaria, y los cuenta desde su punto de vista limitado.
No lo sabe todo. No entra en la cabeza de los demás personajes (salvo por conjeturas). Narra lo que observa, escucha, deduce o recuerda.
Rasgos principales
Persona gramatical: suele usar primera persona (“yo vi”, “yo estaba ahí”), aunque también puede aparecer en tercera con foco restringido.
Participación: es personaje secundario o periférico.
Conocimiento parcial: no es omnisciente; su relato puede ser incompleto, sesgado o incluso erróneo.
Credibilidad relativa: el lector debe decidir cuánto creerle.
Efecto narrativo: aporta verosimilitud, intimidad y a veces misterio.
Qué puede hacer
Contar acciones visibles
Reproducir diálogos
Describir gestos, ambientes, silencios
Interpretar intenciones (sin certeza)
Qué no puede hacer
Afirmar con seguridad qué piensa otro personaje
Narrar hechos que no presenció
Controlar el sentido total de la historia
Ejemplo breve
Yo estaba en la habitación cuando entró. No dijo nada, pero su forma de cerrar la puerta me hizo pensar que ya lo sabía todo. Tal vez me equivoque, pero desde ese momento nada volvió a ser igual.
Ahí el narrador:
Está presente
Observa
Interpreta
Duda
Para qué se usa
Para crear distancia crítica
Para generar ambigüedad
Para contar historias donde la verdad no es única
Para reforzar la sensación de testimonio (juicios, memorias, crónicas)
Si querés, puedo:
Compararlo con narrador protagonista u omnisciente
Dar ejemplos literarios concretos
Proponer ejercicios de escritura con narrador testigo
No sé en qué momento dejó de ser el doctor y empezó a ser otra cosa, pero yo estaba allí. No dentro de él —eso vendría después— sino frente a su cuerpo, como se mira una casa mientras decide si aún es habitable.
Jekyll estaba de pie, apoyado en el escritorio. Tenía esa postura suya, correcta hasta en el cansancio. Creí que iba a hablarme, a explicarme algo con esa voz de hombre que aún cree en las causas. Pero no dijo nada. Sus manos empezaron a temblar primero, un temblor pequeño, casi educado, como si pidiera permiso.
Yo lo observaba con una paciencia que él nunca tuvo conmigo.
El rostro fue lo segundo. No cambió de golpe: se desordenó. La frente se le frunció como si un pensamiento nuevo, demasiado pesado, intentara abrirse paso. Los labios se le torcieron, no en una mueca, sino en una renuncia. Era la cara de alguien que ya no puede sostener la mentira que se repitió durante años.
Respiró hondo. Ahí supe que estaba perdiendo.
La espalda se arqueó, los hombros cedieron, como si el cuerpo por fin aceptara una gravedad distinta. Jekyll se hizo más bajo, pero más denso. Cada hueso parecía recordar para qué servía realmente. No fue una mutación grotesca: fue una corrección.
Yo sonreí. No porque ganara, sino porque el mundo empezaba a tener sentido.
Sus ojos —esos ojos tan llenos de justificaciones— se oscurecieron. No de ira, sino de claridad. Me miró por primera vez como se mira un espejo que ya no devuelve consuelo. Quiso decir mi nombre. No pudo. La lengua aún le obedecía a otro.
Cuando cayó de rodillas, ya no era un hombre suplicando, sino una forma aprendiendo a ocupar su lugar. Jekyll no gritó. Los que gritan todavía creen que alguien puede salvarlos.
Yo me acerqué. No para ayudarlo. Para esperarlo.
Porque no estaba muriendo.
Estaba llegando.
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