Yo, Cleopatra Filópator, no nací para obedecer al silencio.
Nací en Alejandría, cuando el mundo todavía creía que el poder era un asunto de linajes y espadas. Me educaron para algo más peligroso: entender. Aprendí lenguas como otros aprenden a rezar; griego, egipcio, latín, hebreo… porque quien domina la palabra gobierna antes que quien levanta un ejército. Fui reina en una dinastía que ya se estaba pudriendo, y aun así me negué a heredar su decadencia como destino.
Dicen que seduje a los hombres más poderosos de Roma. Es una simplificación torpe. A Julio César no lo seduje con el cuerpo, sino con una idea: Egipto no era un botín, era un aliado indispensable. Me hice llevar hasta él envuelta en una alfombra —sí, es cierto— porque el poder también necesita espectáculo. César entendió que yo no pedía protección: ofrecía estabilidad.
Cuando él murió, Roma volvió a mostrar los dientes. Entonces apareció Marco Antonio, brillante y trágico, más parecido a mí de lo que admitía. Con él no fingí dulzura; fui reina, estratega y compañera. Gobernamos entre fiestas y tratados, entre promesas y amenazas. Amé, sí, pero nunca confundí el amor con el gobierno. Ese fue su error, no el mío.
Octavio me llamó peligrosa porque no podía nombrarme igual. No era una reina extranjera: era una mujer que pensaba en voz alta. Roma no me derrotó en el campo de batalla, sino en el relato. Me convirtieron en mito para no admitir que fui política.
Cuando supe que me exhibirían encadenada, elegí la muerte como último acto de soberanía. No fue un gesto romántico; fue coherencia. Una reina no desfila humillada para enseñar a otros cómo se vence a una mujer libre.
Hoy me recuerdan como hechicera, amante, veneno. Yo me recuerdo como algo más incómodo: una gobernante que habló su propio idioma en un mundo que exigía silencio.
Y eso, incluso siglos después, sigue siendo imperdonable.
Diario de la Serpiente
(a la manera de Mark Twain)
Día 1
Hoy me di cuenta de que soy la única criatura aquí que no parece impresionada por nada. Todos miran el jardín como si fuera un milagro permanente. Yo lo veo funcional, aunque excesivamente verde. Hay un árbol con reglas especiales. Siempre que alguien prohíbe algo, nace una pregunta. Me quedé cerca, por curiosidad profesional.
Día 3
He observado a la mujer. Hace preguntas. Eso ya la distingue del resto. El hombre, en cambio, nombra cosas. Cree que ponerles nombre las vuelve inofensivas. Llama “árbol” al árbol prohibido, como si eso resolviera el asunto. Me caen bien los que dudan.
Día 7
Me acusaron hoy —sin pruebas— de ser astuta. No lo niego, pero tampoco exageremos. Simplemente escucho. El jardín habla todo el tiempo: las hojas crujen, el viento insinúa, el silencio empuja. Yo traduzco. Eso no es maldad, es servicio lingüístico.
Día 12
La mujer volvió al árbol. No tocó nada. Pensó. Pensar es una actividad subestimada aquí. Le conté lo obvio: que saber no mata, que la ignorancia sí aburre. No mordí la fruta, por si luego me echan la culpa. Me limité a observarla observar.
Día 13
Comieron. No fue un acto dramático. Ningún trueno, ningún temblor. Solo una pausa larga. Luego vino esa mirada nueva: como si el mundo hubiera aumentado de tamaño de golpe. El hombre se puso nervioso. La mujer, curiosamente, se puso atenta. Anoté eso.
Día 14
Descubrieron la vergüenza. Nadie les explicó cómo usarla, así que la aplicaron mal, como todo lo nuevo. Se cubrieron. El jardín siguió igual. Eso debió haberlos tranquilizado, pero no. Cuando uno aprende algo, ya no puede fingir que no lo sabe.
Día 18
Apareció la Voz. Siempre aparece tarde. Hubo preguntas que no buscaban respuestas. Yo no hablé. Las mejores intervenciones son las que se hacen antes o nunca. Me señalaron de todos modos. Así funciona la pedagogía divina.
Día 21
Consecuencias. Una palabra interesante. El hombre trabajará la tierra. La mujer sentirá más cosas. Yo cambiaré de reputación. Nadie quedó igual, pero todos creen que el error fue mío. Es un alivio no tener que fingir inocencia.
Día 30
El jardín quedó atrás. Los vi irse sin mirar mucho. Caminaron derechos, como si ya intuyeran el peso de la historia. Yo me quedé. Alguien tiene que recordar cómo empezó todo: no con una caída, sino con una pregunta bien hecha.
Nota final (sin fecha)
No introduje el mal. Introduje la conciencia. Lo demás vino solo.
Si eso me convierte en villana, aceptaré el papel.
Siempre fue más interesante que el de adorno.
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