¡Perfecto! Vamos a condensar sin perder filo, bien Wilde 😌
Era un hombre elegantemente equivocado.
Vestía con un cuidado excesivo, como si la estética fuera su forma más discreta de rebeldía. Hablaba poco y nunca de manera directa: prefería que la verdad llegara envuelta en ironía, porque sabía que lo evidente suele ser vulgar.
Observaba a los demás con indulgencia divertida. Le parecían sinceros en exceso, y por eso peligrosamente previsibles. Él, en cambio, se permitía contradecirse con estilo: entendía que cambiar de opinión es un lujo reservado a quienes piensan.
No despreciaba la moral; simplemente se negaba a obedecerla sin conversación previa. Decía —sonriendo— que el buen gusto suele ser más subversivo que la provocación.
Quienes lo recordaron nunca supieron si fue frívolo o profundo.
Él habría considerado esa duda su mayor logro.
Si querés, puedo:
- achicar todavía más (micro-Wilde)
- hacerlo más ácido
- o llevarlo a un personaje concreto (amor, arte, escándalo, decadencia)
Sabía, incluso antes de que el paciente hablara, que el silencio no era vacío.
Freud observaba con atención clínica y una curiosidad casi literaria. Desde su sillón, veía no solo el gesto contenido, sino la historia que lo había producido. Cada movimiento involuntario —un dedo que golpea, una pierna que se tensa— le confirmaba lo que ya intuía: el inconsciente siempre se adelanta a la palabra.
Comprendía los pensamientos que el paciente aún no se permitía formular. Sabía de los deseos reprimidos, de las culpas heredadas, de los recuerdos que se disfrazaban de olvido para sobrevivir. No los juzgaba; los ordenaba. Para él, la mente no era un misterio sagrado, sino un territorio en conflicto permanente.
También conocía sus propias sombras. Era consciente de que cada teoría nacía, en parte, de una obsesión personal, de una pregunta que no lograba callar. Aun así, avanzaba. Prefería una verdad incómoda a una mentira tranquilizadora.
Mientras el paciente hablaba, Freud ya veía el final de la frase, el origen del síntoma y la resistencia que vendría después. Sabía que la cura no consistía en borrar el deseo, sino en hacerlo consciente, nombrable, soportable.
Y entendía algo más, con una claridad casi cruel:
que el hombre no es dueño de su casa,
y que ese descubrimiento, una vez hecho, ya no tiene retorno.
La cámara no parpadeaba, pero él sí.
Desde la garita de vigilancia, el mundo se reducía a un rectángulo de monitores, un mate tibio y el zumbido constante de la electricidad. Llevaba cuatro horas mirando lo mismo: una puerta cerrada, un pasillo vacío, una luz que titilaba cada tanto como si quisiera decir algo y no se animara.
Sabía que en la vigilancia el peligro no aparece cuando uno lo espera. Aparece cuando la mente se relaja, cuando el cuerpo entra en ese estado ambiguo entre el hábito y el cansancio. Por eso se obligaba a contar los pasos de los pocos que cruzaban el cuadro, a memorizar horarios, a inventar historias mínimas sobre rostros que no volvería a ver.
A las 02:17 algo cambió. No fue una alarma, ni un movimiento brusco. Fue la ausencia. La cámara del pasillo tres quedó fija en una imagen inmóvil, demasiado perfecta. Él se inclinó hacia adelante. La experiencia le había enseñado que lo verdaderamente peligroso no es lo que se mueve, sino lo que deja de hacerlo.
Ajustó el enfoque, revisó los cables, miró el reloj. Todo parecía normal. Y sin embargo, una incomodidad le trepó por la espalda. Sentía que estaba observando algo que, de algún modo, también lo estaba esperando.
Se levantó. El piso crujió más fuerte de lo necesario. Por primera vez en la noche, dejó la garita. El pasillo estaba vacío, silencioso, intacto. Demasiado intacto.
Cuando volvió a los monitores, la cámara tres había retomado su pulso irregular. Gente cruzando. Luz titilando. Normalidad.
Se sentó otra vez, pero ya no miraba igual.
Entendió entonces la verdadera tarea de la vigilancia:
no cuidar un lugar,
sino aprender a reconocer el momento exacto en que la calma empieza a vigilarte a vos.
El día en que la gravedad empezó a fallar, nadie entró en pánico.
Al principio fue apenas un detalle técnico: los sensores del observatorio marcaban una variación mínima, tan pequeña que parecía un error de calibración. Los objetos no flotaban, no había caos visible. Solo una sensación extraña, como si el cuerpo pesara un recuerdo menos.
El protagonista lo notó en su departamento. El vaso tardó una fracción de segundo más en apoyarse sobre la mesa. Nada que filmar, nada que denunciar. Pero él trabajaba con anomalías, y sabía que las catástrofes no se anuncian: se insinúan.
Los informes comenzaron a llegar desde distintas partes del mundo. Plantas creciendo de forma irregular, aves que volaban más tiempo sin batir las alas, mareas que no obedecían del todo a la Luna. Los gobiernos hablaron de ajustes, de fenómenos transitorios. La palabra “gravedad” se evitó con una disciplina admirable.
Él entendió antes que nadie que no se trataba de una pérdida, sino de una redistribución. La gravedad no estaba desapareciendo: estaba migrando. Concentrándose en ciertos puntos, abandonando otros. Como si el planeta estuviera ensayando una nueva manera de sostenerse.
La noche en que confirmó la hipótesis, salió a la calle. La ciudad seguía funcionando, pero algo en su ritmo había cambiado. La gente caminaba con una ligereza que no era alegría. Los edificios parecían ligeramente ajenos al suelo que los había soportado durante siglos.
Pensó entonces en la historia humana, en su obsesión por permanecer. Comprendió que el problema no era caer, sino haber creído que el peso era una garantía.
Cuando, semanas después, los primeros objetos comenzaron a elevarse sin ruido, nadie gritó. Algunos miraron al cielo. Otros cerraron los ojos. Él sintió, con una mezcla de miedo y lucidez, que el futuro no sería una huida hacia arriba, sino el aprendizaje difícil de vivir sin el antiguo centro.
Porque cuando la gravedad cambia,
no se desploma el mundo:
se redefine lo que significa estar atado a él.
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