Carlos Pablo Cocciolo

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lunes, 15 de diciembre de 2025

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JITANJÁFORA
(Ensayo desde la neurociencia y la psicología cognitiva – desarrollo profundo)

La jitanjáfora es, en apariencia, un juego sonoro sin sentido: palabras inventadas, sílabas encadenadas, fonemas que no remiten a un significado convencional. Sin embargo, desde el punto de vista del cerebro humano, la jitanjáfora es una de las experiencias lingüísticas más reveladoras. Lejos de ser un “vacío de sentido”, activa zonas profundas de la cognición, anteriores incluso al lenguaje racional. Es una técnica que trabaja en el umbral entre el sonido, la emoción y el cuerpo.

Desde la neurociencia, el lenguaje no comienza como significado, sino como ritmo y musicalidad. El cerebro humano aprende a hablar mucho antes de comprender. El bebé escucha cadencias, repeticiones, entonaciones; responde a la prosodia, no al diccionario. La jitanjáfora conecta directamente con ese estadio primario del lenguaje: un momento en el que la palabra no explica el mundo, sino que lo invoca.

Cuando leemos o escuchamos una jitanjáfora —como en los poemas de Mariano Brull o en ciertas zonas de Girondo— el cerebro suspende momentáneamente su búsqueda de sentido semántico. Las áreas encargadas de la decodificación lógica disminuyen su protagonismo, y se activan regiones vinculadas al procesamiento auditivo, emocional y rítmico. El lenguaje deja de ser herramienta de información y se convierte en experiencia sensorial.

Desde la psicología cognitiva, esto se relaciona con lo que se denomina atención flotante. Al no encontrar un significado estable, la mente abandona el control racional y se abre a una percepción más libre. El lector ya no interpreta: siente. El texto se vuelve cuerpo, vibración, gesto interno. La jitanjáfora obliga al cerebro a aceptar la ambigüedad sin resolverla, algo profundamente desafiante para una mente acostumbrada a cerrar significados.

Esta técnica también revela un rasgo esencial del pensamiento humano: la capacidad de otorgar sentido incluso donde no lo hay. Frente a una secuencia como “tumba la lira del solimán trepando lunas”, el cerebro intenta crear asociaciones. Aparecen imágenes, emociones, recuerdos vagos. No hay un significado fijo, pero sí una constelación de sensaciones. Neurocientíficamente, esto implica la activación simultánea de múltiples redes asociativas sin un centro dominante.

La jitanjáfora trabaja, entonces, con el lenguaje preconceptual. No explica: evoca. No nombra: sugiere. En este punto se conecta con zonas profundas del inconsciente cognitivo, aquellas que operan antes de la lógica verbal. Por eso es una técnica tan cercana al sueño, al juego infantil, a la poesía más primitiva.

Desde una perspectiva emocional, la jitanjáfora reduce la ansiedad interpretativa. Al no haber “respuesta correcta”, el lector se libera de la exigencia de comprender. Esto genera una experiencia de lectura cercana al placer estético puro, similar a escuchar música en una lengua desconocida. El cerebro deja de buscar utilidad y se entrega al ritmo.

En términos de creatividad, la jitanjáfora es un entrenamiento cognitivo poderoso. Obliga a desautomatizar el lenguaje, a romper las asociaciones habituales entre palabra y objeto. Las neurociencias llaman a esto plasticidad cognitiva: la capacidad del cerebro de reorganizar sus conexiones cuando se enfrenta a estímulos no convencionales. La jitanjáfora expande esa plasticidad al desafiar las rutas lingüísticas establecidas.

También hay una dimensión social y cultural. El lenguaje normativo regula, ordena, disciplina. La jitanjáfora desobedece. Introduce un caos controlado que recuerda que el lenguaje no nació para obedecer reglas, sino para expresar. Desde este punto de vista, es una técnica profundamente subversiva: devuelve la palabra a su estado salvaje.

En escritores como Oliverio Girondo, esta técnica no es decorativa, sino política: romper el sentido impuesto para recuperar una experiencia más libre del mundo. El cerebro del lector, al enfrentarse a ese desorden, se ve forzado a abandonar la pasividad. No consume el texto: lo atraviesa.

Desde la neurociencia afectiva, este atravesamiento produce una activación emocional difícil de traducir en conceptos. El lector puede sentir alegría, extrañeza, incomodidad o fascinación sin saber exactamente por qué. Esa indeterminación es clave: el cerebro aprende que no todo debe ser explicado para ser vivido.

En síntesis, la jitanjáfora es una técnica que nos recuerda algo esencial: el lenguaje no es solo significado, es sonido, ritmo, emoción y cuerpo. Activa memorias tempranas, zonas preverbales, redes asociativas libres. Nos devuelve a un estado cognitivo anterior a la razón, donde la palabra no describe el mundo, sino que lo crea.

La jitanjáfora no dice: acontece.
Y en ese acontecer, el cerebro se reconoce a sí mismo como lo que siempre fue: una máquina poética antes que lógica.

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