Carlos Pablo Cocciolo

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lunes, 15 de diciembre de 2025

juegos de palabras neuro

Juegos de palabras

(Ensayo desde la neurociencia y la psicología cognitiva)

Los juegos de palabras ocupan un lugar privilegiado en la experiencia humana del lenguaje porque activan, de manera simultánea, múltiples capas del cerebro. No se limitan a “decir algo gracioso” o ingenioso: obligan a la mente a trabajar en paralelo, a tolerar la ambigüedad y a disfrutar del desajuste momentáneo entre lo esperado y lo dicho. Desde la neurociencia cognitiva, el juego de palabras puede entenderse como un pequeño cortocircuito productivo en los circuitos habituales del procesamiento lingüístico.

Cuando leemos o escuchamos lenguaje ordinario, el cerebro busca eficiencia. Anticipa, completa, automatiza. Las áreas temporales y frontales trabajan juntas para reconocer palabras, asignarles significado y encajarlas en una estructura sintáctica previsible. El juego de palabras interrumpe esa comodidad: una palabra aparece donde no debería, un sonido conduce a dos sentidos distintos, una frase se pliega sobre sí misma. Esa interrupción activa lo que en psicología cognitiva se llama detección de incongruencia. El cerebro nota que “algo no encaja” y entra en un estado de alerta placentero.

Este proceso implica, al menos, tres niveles mentales. Primero, el nivel fonológico o visual: el cerebro reconoce la forma del signo (sonido o grafía). Segundo, el nivel semántico: intenta asignar un significado estable. Tercero, el nivel metacognitivo: se da cuenta de que hay más de una interpretación posible. El juego de palabras nace exactamente ahí, en ese desdoblamiento. No elimina el sentido, lo duplica. Y el cerebro, lejos de rechazarlo, suele experimentarlo como gratificación.

Desde la neurociencia afectiva, se sabe que cuando resolvemos una ambigüedad —cuando entendemos “el chiste”, aunque no sea humorístico— se activa el sistema dopaminérgico. El placer no proviene solo del contenido, sino del acto de comprender. En los juegos de palabras, el lector o el oyente no es pasivo: participa activamente en la construcción del significado. El lenguaje deja de ser un canal y se vuelve un campo de juego.

En términos psicológicos, el juego de palabras exige flexibilidad cognitiva, una de las funciones ejecutivas más complejas. Implica poder soltar una interpretación inicial para adoptar otra, o sostener ambas al mismo tiempo. Esta capacidad es clave en la creatividad, en la resolución de problemas y también en la salud mental. Sujetos rígidos cognitivamente suelen experimentar incomodidad frente a la ambigüedad; los juegos de palabras, entonces, pueden generar rechazo. Pero cuando hay tolerancia a la ambivalencia, se transforman en disfrute.

En literatura, los juegos de palabras cumplen una función que va más allá del ingenio. Pueden revelar tensiones internas del lenguaje, mostrar que el sentido nunca es completamente fijo. Desde Borges hasta el lunfardo urbano, desde el absurdo hasta la poesía sonora, el juego de palabras pone en escena una verdad cognitiva profunda: el lenguaje no refleja la realidad, la construye de manera inestable. El cerebro, acostumbrado a buscar certezas, se enfrenta a su propio límite.

Neurobiológicamente, este tipo de juegos estimula la interacción entre hemisferios. El hemisferio izquierdo, más analítico y verbal, intenta ordenar; el derecho, más holístico y asociativo, tolera la ambigüedad y detecta patrones no literales. En los juegos de palabras bien logrados, ambos hemisferios colaboran. Por eso suelen recordarse mejor que frases neutras: activan más redes neuronales y generan huellas de memoria más ricas.

Desde la psicología del desarrollo, el juego de palabras también tiene una dimensión infantil. Los niños experimentan con sonidos, rimas, deformaciones léxicas mucho antes de dominar la gramática formal. En ese sentido, el juego de palabras reconecta al adulto con una etapa temprana del lenguaje, donde hablar era explorar y no solo comunicar. La literatura que abusa de este recurso recupera esa vitalidad originaria.

Finalmente, en contextos sociales y políticos, el juego de palabras puede funcionar como estrategia de resistencia. Permite decir sin decir, burlar censuras, introducir crítica bajo apariencia lúdica. Cognitivamente, esto implica activar la teoría de la mente: el emisor confía en que el receptor “entenderá el doble fondo”. Se crea una complicidad neuronal, un pacto implícito de inteligencia compartida.

En síntesis, los juegos de palabras no son ornamentos. Son laboratorios cognitivos. Ponen a prueba la plasticidad cerebral, la tolerancia a la ambigüedad, el placer de comprender y la dimensión lúdica del pensamiento. Allí donde el lenguaje se dobla, el cerebro se despierta.

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