Carlos Pablo Cocciolo

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lunes, 15 de diciembre de 2025

inter neuro

INTERTEXTUALIDAD
(Aproximación desde la neurociencia y la psicología cognitiva – ensayo ampliado)

La intertextualidad es una de las operaciones más poderosas de la mente narrativa. No se trata simplemente de una cita o de una alusión literaria; es, en realidad, una función de la memoria simbólica del cerebro humano, que reinterpreta y reescribe experiencias previas dentro de nuevos contextos. Cuando un escritor inserta un fragmento ajeno, una referencia cultural o una relectura de otro texto, está activando una red neural de asociaciones que en la mente del lector resuena con una multiplicidad de ecos. Cada palabra arrastra consigo la huella de lo que ha sido dicho antes, de lo que el cerebro ya tiene almacenado como sentido.

Desde las neurociencias cognitivas, la intertextualidad puede comprenderse como un fenómeno de reutilización neuronal. Las redes cerebrales que se activan para comprender un texto son, en gran medida, las mismas que se activan cuando evocamos recuerdos o emociones vinculadas con otras experiencias de lectura. El cerebro no procesa un texto en aislamiento; dialoga con todos los textos previos que alguna vez dejaron huella. Esta capacidad de entrelazar significados se asocia al hipocampo —centro de integración de memoria episódica y semántica— y a las redes del modo por defecto, donde la mente conecta información antigua con lo nuevo, generando inferencias, comparaciones y resonancias emocionales.

En el acto de leer un texto intertextual —por ejemplo, cuando Borges convoca en Pierre Menard, autor del Quijote la voz de Cervantes— el lector no solo interpreta la historia narrada: reconstruye mentalmente un universo paralelo donde las fronteras entre autor y lector, pasado y presente, realidad y ficción, se diluyen. La mente trabaja como un collage cognitivo: combina fragmentos de distintas memorias literarias, activa la imaginación y genera una comprensión que es, a la vez, racional y afectiva.

La psicología cognitiva denomina a este proceso modelización mental: el lector crea un “modelo” interno de la historia, pero cuando el texto contiene alusiones o citas, ese modelo se multiplica. Cada referencia añade una capa de sentido, un nuevo “marco mental” que el cerebro integra para interpretar. Esta integración, lejos de ser lineal, se comporta como una red de conexiones sinápticas donde cada elemento cobra vida al contacto con otro.

Por eso, la intertextualidad no es un artificio erudito: es una forma natural del pensamiento. La mente humana tiende a conectar, reinterpretar y resignificar. Cuando un escritor evoca mitos antiguos, frases de canciones o textos sagrados, lo que hace es poner en marcha esa maquinaria asociativa que el cerebro ya usa cotidianamente para construir sentido. En otras palabras: la intertextualidad es el modo literario del pensamiento analógico.

Desde la perspectiva neurocognitiva, también tiene una dimensión emocional. Las alusiones literarias despiertan en el lector recuerdos de placer, tristeza o fascinación asociados a sus primeras lecturas. Esta reactivación emocional, mediada por el sistema límbico, amplifica la experiencia estética: el texto se siente más profundo porque “resuena” con algo que ya vivió. En ese eco emocional reside buena parte de la magia literaria.

A nivel social, la intertextualidad refleja la mente colectiva: el lenguaje y la literatura son construcciones compartidas. Cada texto dialoga con una tradición, con un pasado cultural que nos trasciende. En términos neuronales, la lectura intertextual es un fenómeno de sincronización cognitiva: los cerebros del autor y del lector se alinean parcialmente a través del lenguaje compartido, construyendo un territorio común de símbolos.

Por eso, el escritor intertextual no es un imitador, sino un cartógrafo de memorias compartidas. Su tarea es hacer visible la red invisible que une los textos entre sí, la misma red que el cerebro teje para mantener su continuidad simbólica. La intertextualidad, entonces, es la prueba de que pensar —y escribir— es siempre un acto colectivo: un diálogo entre neuronas, entre voces, entre tiempos.

En este sentido, Borges, Pizarnik o Carpentier no son solo nombres de autores, sino nodos de una red que sigue encendida cada vez que los leemos. Cada cita, cada alusión, es una chispa que reenciende una vieja sinapsis. La literatura entera —como el cerebro humano— es una conversación infinita donde nada muere, solo se transforma.


¿Deseas que la próxima técnica sea Jitanjáfora, siguiendo el mismo formato neurocognitivo (600+ palabras, ensayo ampliado)?

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