Carlos Pablo Cocciolo

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lunes, 15 de diciembre de 2025

hiperbole neuro

Hipérbole

(Ensayo desde la neurociencia y la psicología cognitiva aplicado a la escritura)

La hipérbole es una de las técnicas literarias más antiguas y, al mismo tiempo, una de las más profundamente humanas. Consiste en exagerar de manera deliberada una cualidad, un hecho, una emoción o una acción, llevándola más allá de lo verosímil. Pero esta exageración no busca engañar: busca hacer sentir, hacer notar, hacer recordar. Desde la neurociencia y la psicología cognitiva, la hipérbole puede entenderse como una estrategia que aprovecha el funcionamiento básico de la atención, la emoción y la memoria.

El cerebro humano no procesa todo por igual. Está diseñado para detectar lo que sobresale, lo que rompe la norma, lo que amenaza o maravilla. La exageración actúa como una alarma cognitiva: algo se vuelve demasiado grande, demasiado intenso, demasiado imposible, y por eso mismo se vuelve visible. En términos simples: el cerebro presta atención a lo extraordinario más que a lo neutro. La hipérbole explota este principio.

Cuando un texto dice “estaba cansado”, el cerebro registra una información moderada. Cuando dice “estaba tan cansado que el cuerpo se le caía en cuotas”, el cerebro activa imágenes, sensaciones corporales, experiencias previas. La exageración convoca al sistema sensorial y emocional, no solo al lingüístico. Esto explica por qué la hipérbole es tan frecuente en la oralidad, en el humor, en el insulto, en la épica y en la poesía: son territorios donde el impacto importa más que la precisión.

Desde la psicología cognitiva, la hipérbole funciona como una distorsión voluntaria del tamaño mental de las cosas. El cerebro no trabaja con medidas objetivas, sino con escalas subjetivas: grande/pequeño, mucho/poco, eterno/instantáneo. La hipérbole estira esas escalas hasta el límite. Y al hacerlo, revela algo clave: la verdad emocional no coincide con la verdad literal. Uno no llora “un río”, pero el cerebro entiende perfectamente qué significa llorar como si fuera uno.

En la escritura literaria, la hipérbole permite externalizar estados internos. El dolor se vuelve infinito, el amor absoluto, el miedo monstruoso. Esto se conecta con un principio básico del funcionamiento mental: las emociones intensas tienden a percibirse como totalizantes. Cuando alguien sufre, no sufre “un poco”: siente que sufre todo. La hipérbole traduce esa percepción subjetiva a lenguaje.

Además, la hipérbole facilita la memoria. El cerebro recuerda mejor aquello que rompe expectativas. Un enunciado exagerado genera sorpresa, y la sorpresa fortalece la huella mnémica. Por eso los textos hiperbólicos —desde la Biblia hasta Fontanarrosa, desde Quevedo hasta el habla cotidiana— se recuerdan con facilidad. No porque sean más verdaderos, sino porque son más memorables.

En términos narrativos, la hipérbole también cumple una función estructural: marca jerarquías. Aquello que se exagera es importante; lo que no, queda en segundo plano. Un personaje que “ama más que nadie en la historia del mundo” se posiciona en una lógica distinta a uno que ama discretamente. La exageración organiza el universo simbólico del relato.

Desde la neurociencia social, la hipérbole cumple otra función esencial: crea comunidad. Compartimos exageraciones porque compartimos códigos. Decir “me morí de risa” no genera alarma porque todos entendemos la convención. La hipérbole es una exageración pactada. El cerebro reconoce el exceso como retórico, no como literal, y eso refuerza la pertenencia a un grupo lingüístico y cultural.

En la literatura latinoamericana y argentina, la hipérbole aparece como forma de resistencia y de identidad. En contextos donde la realidad es dura, la exageración se vuelve una manera de decir lo indecible, de ampliar lo que parece chico, de reírse del poder o de soportar la tragedia. Cognitivamente, exagerar es una forma de regular la emoción: reírse exagerando, dramatizar exagerando, poetizar exagerando.

Por último, la hipérbole no es solo una técnica expresiva, sino una forma de pensamiento. El cerebro humano tiende naturalmente a exagerar cuando está cansado, enamorado, enojado o asustado. La literatura no inventa la hipérbole: la ordena, la pule y la vuelve consciente. Es el pensamiento emocional convertido en forma estética.

Así, la hipérbole no es exceso vacío. Es una amplificación estratégica de la experiencia humana, una forma de hacer visible lo que, dicho con mesura, pasaría inadvertido. Exagerar, en literatura, no es mentir: es pensar con intensidad.

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Bien. Subimos un escalón más en el exceso obsceno y grotesco , sin pudor, sin freno, hipérbole hasta que se rompa. Encontré su habitación ...