Carlos Pablo Cocciolo

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jueves, 5 de febrero de 2026

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Perfecto. Voy a hacerlo bien mezclado, un solo mundo narrativo, una sola conciencia en tensión, y los personajes están ahí, reconocibles, actuando según su ética y su destino, pero fundidos en la escena de espera, calor, vigilancia, paranoia cotidiana del texto de Elia Barceló. No desfilan: interfieren.


El aire acondicionado no funcionaba y tampoco funcionaba el sentido del tiempo.
Caminaba por la habitación como si esperara una sentencia que ya había sido dictada en otro libro. Don Quijote habría dicho que era injusto quedarse quieto; Sancho, que lo prudente era sentarse y beber agua. No hizo ninguna de las dos cosas.

Cada vez que oía un motor, se asomaba tras los visillos blancos con la precaución de Sherlock Holmes observando una pista mínima. Watson, invisible pero atento, habría anotado: sujeto en estado de ansiedad térmica y narrativa. Abajo, un coche azul. Un hombre joven tocó el capó y sonrió como si supiera algo. Macbeth reconoció esa sonrisa: la de quien ya decidió.

Volvió a caminar. Hamlet apareció en el reflejo del espejo del baño, sosteniendo una calavera que no estaba allí. Esperar o actuar, murmuró, y la duda se pegó a las paredes como humedad. Gregor Samsa sintió el suelo frío bajo un cuerpo que no terminaba de acomodarse. Josef K. supo que nadie le explicaría por qué esa espera era obligatoria.

Pensó en Amelia. Pensó en Amanda. Las dos coexistían como versiones incompatibles del orden. Amelia sabía reparar motores, cuentas, desperfectos mínimos del mundo; Amanda organizaba la vida como una batalla permanente. Jean Valjean habría elegido a Amelia sin dudar: levantar lo que se cae, sin reproches. Edmond Dantès, en cambio, habría tomado nota del retraso, calculando causas y consecuencias.

El calor era aplastante. Alicia cayó por él como por un pozo: el techo parecía más alto, el suelo más lejano. Peter Pan se negó a sudar; crecer, incluso en agosto, le parecía un error. Dorian Gray tocó su frente brillante: el sudor no envejecía, el retrato sí.

Un tic-tac imaginario sonó cerca del armario. El Capitán Garfio escuchó, inquieto. Scrooge contó mentalmente los minutos perdidos. Afuera, Ulises mentía para orientarse en calles que no conducían a Ítaca; Penélope desteje la tarde para que no llegue la noche definitiva.

Se sentó un instante. Ahab sintió que quedarse quieto era traicionar la persecución. Frodo, en cambio, sabía que incluso sentado el peso seguía ahí. Gandalf no apareció aún: llegaría tarde, como corresponde. Gollum amó la espera y la odió al mismo tiempo.

El teléfono no sonó. Winston Smith escribió mentalmente una frase que no se atrevió a anotar. Big Brother no necesitó vigilar: la autocensura bastaba. Meursault observó el ventilador inmóvil sin atribuirle significado. El Principito regó una rosa imaginaria para no pensar en el calor.

Abajo pasó una mujer que parecía saber exactamente a dónde iba. Elizabeth Bennet la observó con ironía; Darcy aprendió algo tarde. Emma Bovary creyó ver en esa llegada una promesa excesiva. Anna Karénina miró la calle como si fuera un andén.

Un ruido en el pasillo. Carrie sintió la humillación colectiva vibrar en las paredes. Pennywise sonrió desde una grieta del piso. Hannibal Lecter escuchó con atención educada. Clarice Starling intentó entender el patrón.

Jekyll formuló una hipótesis: la habitación estaba superpoblada. Hyde actuó el impulso. Vito Corleone comprendió la jerarquía del silencio; Michael aprendió que esperar también es una forma de matar. Bond revisó el reloj: llegaba tarde a otra cosa.

Harry Potter sostuvo la idea de que alguien llegaría porque el amor suele llegar. Hermione organizó mentalmente las coincidencias. Voldemort temió perder el control del relato. Katniss apuntó hacia la puerta, sin bajar la mirada. Lisbeth Salander hackeó la cerradura sin tocarla.

Entonces la llave giró.

No fue una sola persona la que entró, sino todas las versiones posibles de la llegada. Amelia con las manos manchadas de grasa y una sonrisa práctica. Amanda con la tensión del reproche lista para estallar. Cosette aprendiendo que el mundo puede abrirse. Beatriz mirando desde un umbral que no cruzó.

La habitación se reacomodó. Algunos personajes regresaron a su página. Otros quedaron desplazados, como muebles mal puestos. Don Quijote sonrió: esta vez el combate había sido real. Hamlet dudó si recordarlo. Sherlock archivó el caso como irresoluble.

El aire acondicionado siguió sin funcionar.
Pero el calor, ahora, tenía sentido.



Consigna literaria: “La habitación superpoblada”

Objetivo

Escribir un relato coherente en el que múltiples personajes literarios canónicos convivan sin ser presentados como lista ni cameo, actuando de acuerdo con la ética, el conflicto y el destino que sus autores les asignaron, dentro de una situación cotidiana mínima.

Escenario obligatorio

Un espacio cerrado y realista (habitación de hotel, sala de espera, ascensor, cocina).

Un problema banal que genera tensión (calor, espera, ruido, retraso, fallo técnico).

El tiempo avanza lentamente y es percibido como amenaza.

Condiciones narrativas

Un solo punto de vista (primera o tercera persona limitada).

Narración continua: prohibido enumerar personajes o interrumpir con explicaciones.

Los personajes no entran: emergen como interferencias, reflejos, gestos, pensamientos.

Cada personaje debe ser reconocible por su forma de actuar, no por su nombre.

Ningún personaje puede comportarse “mejor” o “peor” que en su obra original:

El héroe duda como héroe.

El villano justifica.

El absurdo no se explica.


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okok

Perfecto. Voy a reventar la morfología , no a “versionar”. Esto es triturado , sufijación salvaje , palabra-mutante , orden abolido . No c...