Yo estaba en la plaza, oficial. Sentado en el banco de siempre, el que da al cantero de jacintos y margaritas. Habían regado hacía poco y el agua corría fina por el cordón, como si la tarde se estuviera desangrando despacio.
La mujer gritó de pronto. Un grito que no era de histeria sino de anuncio. Miraba fijo hacia la esquina donde el caballo estaba atado. Nadie entendía. Yo sí seguí la línea de su mirada.
Detrás del carro de los espejitos, dos hombres discutían en voz baja. Uno tenía el cuerpo inclinado hacia adelante, tenso. El otro retrocedió un paso. Vi el empujón. Vi el desequilibrio. Después vi la mano hundirse en el bolsillo y salir con algo oscuro.
El disparo sonó como una puerta que se cierra.
El hombre cayó junto al agua del riego. La sangre se abrió paso entre los pétalos blancos. El caballo se alzó sobre las patas traseras. Los espejos temblaron y devolvieron fragmentos del cielo.
Yo no me moví. Sentí que si respiraba más fuerte iba a romper algo.
El tirador guardó el arma con calma, como quien termina un trámite, y caminó hacia la multitud que recién empezaba a comprender. Antes de perderse, levantó la vista. Nuestros ojos se cruzaron un segundo.
La mujer dejó de gritar cuando el cuerpo quedó quieto.
Yo lo vi todo, oficial. Desde el principio hasta el silencio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario