Autobiografía
La autobiografía es un relato retrospectivo en el que una persona narra su propia vida desde una perspectiva temporal posterior a los hechos. En ella coinciden autor, narrador y protagonista, aunque no de manera ingenua: quien escribe no es exactamente quien vivió, sino una conciencia que reorganiza el pasado desde el presente. Por eso, la autobiografía no es una simple acumulación de recuerdos, sino una construcción narrativa del yo.
Se caracteriza por el uso predominante de la primera persona y por una fuerte presencia de reflexión. El sujeto no solo cuenta lo que ocurrió, sino que interpreta, evalúa y resignifica su experiencia. La memoria cumple un papel central, pero no funciona como registro exacto, sino como selección y reordenamiento. Todo relato autobiográfico implica decisiones: qué episodios incluir, cuáles omitir, dónde comenzar y qué sentido otorgar a los acontecimientos.
Desde el punto de vista literario, la autobiografía construye identidad. El yo que narra se configura a través del lenguaje. En ese proceso, la vida vivida se transforma en relato coherente, a veces buscando verdad histórica, otras veces verdad emocional.
En síntesis, la autobiografía es la narración de una vida, pero también el acto de inventarse a uno mismo mediante la escritura.
Nunca les conté esto a mis analistas. Durante años hablé de sueños, de mi madre, de mis miedos difusos, pero omití la escena que vuelve siempre con la precisión de una campana escolar.
Fui a un colegio primario judío. Cada año, sin excepción, nos llevaban al salón de actos y bajaban la persiana. La película era siempre la misma. Campos de concentración. Hombres que parecían hechos de sombra cavando una fosa. Recuerdo especialmente una imagen: cuerpos que arrojaban los restos de otros cuerpos y luego, como si la lógica se hubiera quebrado para siempre, eran obligados a alinearse frente al pozo. Disparos. Caídas livianas. Como si la muerte no pesara.
Yo miraba sin entender del todo, pero entendiendo demasiado.
Nunca hablé de eso en voz alta. Crecí. Me hice adulto. Aprendí a moverme por la ciudad como cualquiera. Sin embargo, todavía hoy, cuando un taxista dice algo sobre “los judíos” y lo dice con esa media sonrisa que busca complicidad, me quedo callado. Miro por la ventana. Siento el espejo retrovisor como un ojo.
No es miedo concreto. Es otra cosa. Es la sensación súbita de estar, otra vez, al borde de la fosa.
Por eso no discuto. Por eso no explico. Por eso muchas veces me refugio en la primera persona, como si narrarme fuera una manera de cavar mi propia zanja antes de que alguien más lo haga por mí.
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