Narrar —si se me permite decirlo así— no consiste en reproducir fielmente una secuencia de hechos, sino en ofrecer una versión psíquicamente posible de ellos. El sujeto no relata lo sucedido, sino aquello que su aparato psíquico logra ligar sin excesivo displacer. Allí donde la vivencia fue demasiado intensa, irrumpe el relato como formación de compromiso: una escena organizada que reemplaza a lo intolerable.
He comprobado, tanto en el análisis de los sueños como en los recuerdos de la infancia, que narrar implica siempre seleccionar, desplazar, condensar. El relato introduce causalidad donde hubo azar, continuidad donde hubo fractura. Así, la narración funciona como defensa: permite decir sin decir del todo.
Por eso el narrador no es un testigo confiable, sino un paciente que habla. En cada historia contada, algo se confiesa y algo se oculta. Narrar es, en último término, un intento del yo por dar sentido a aquello que, en el fondo, se resiste a ser comprendido.
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