Oxímoron
Una técnica literaria leída desde la neurociencia y la psicología cognitiva
El oxímoron es una figura que reúne, en una misma unidad expresiva, términos aparentemente contradictorios: silencio atronador, lúcida locura, dulce herida. Desde la retórica clásica suele definirse como la coexistencia de opuestos en tensión. Pero desde una mirada neurocognitiva, el oxímoron es algo más profundo: es una pequeña máquina de conflicto mental que obliga al cerebro a trabajar de manera no automática, a frenar la lectura mecánica y a reorganizar el sentido.
Nuestro cerebro está diseñado para economizar energía. La mayor parte del tiempo lee, escucha y comprende mediante patrones previsibles. Las palabras activan redes semánticas habituales: silencio llama a calma, ausencia de sonido; atrónador convoca ruido, exceso, impacto. Cuando ambas aparecen juntas, el sistema predictivo falla. Esa falla es clave: el oxímoron introduce una disonancia cognitiva leve, un cortocircuito productivo.
Desde la neurociencia del lenguaje se sabe que cuando una frase no encaja con los modelos esperados, el cerebro activa regiones asociadas al control ejecutivo y a la reinterpretación del significado. No se trata de “no entender”, sino de entender de otro modo. El oxímoron obliga a suspender la literalidad y a buscar una interpretación figurada, emocional o simbólica. Allí se activa un pensamiento más flexible, menos lineal.
Por eso el oxímoron no solo nombra una contradicción: la habita. Y esa convivencia forzada de opuestos se parece mucho a cómo funciona la mente humana. Pensamos en capas, sostenemos ideas contrarias al mismo tiempo, sentimos amor y rechazo, deseo y culpa, seguridad y miedo. El oxímoron, en este sentido, no es un artificio ornamental sino una forma de realismo psíquico.
Desde la psicología cognitiva, puede leerse como una invitación a integrar polos que normalmente mantenemos separados. El cerebro tiende a categorizar: bueno/malo, luz/oscuridad, orden/caos. El oxímoron rompe esa lógica binaria y propone una tercera zona: la ambigüedad. Y la ambigüedad, lejos de ser un defecto, es uno de los estados más fértiles del pensamiento creativo.
En literatura, esta técnica suele aparecer cuando el lenguaje quiere decir algo que no cabe en una sola categoría. En Alejandra Pizarnik, por ejemplo, la presencia de oxímoron es constante: la vida como muerte viva, la palabra como herida luminosa. No se trata de contradicciones gratuitas, sino de intentos por nombrar experiencias límite, donde el yo se fragmenta y los opuestos se confunden. El lector, al enfrentarse a estas imágenes, no solo comprende: siente esa tensión.
En Borges, el oxímoron adquiere un tono más intelectual: el orden del caos, la infinita finitud. Allí el cerebro del lector se ve empujado a pensar en paradojas temporales, metafísicas, lógicas. El oxímoron funciona como un disparador de reflexión abstracta, activando redes cognitivas asociadas a la resolución de problemas y al pensamiento conceptual.
Desde el punto de vista emocional, el oxímoron tiene un efecto particular: intensifica la experiencia. Al unir contrarios, produce una carga afectiva mayor que una descripción neutra. Decir triste alegría no equivale a decir “alegría con algo de tristeza”; el oxímoron compacta el conflicto, lo vuelve simultáneo. El cerebro emocional responde con mayor activación porque no puede resolver rápidamente qué sentir.
Además, esta figura pone en evidencia que el lenguaje no refleja la realidad de manera directa, sino que la construye. El oxímoron muestra las costuras del decir, exhibe que las palabras son insuficientes y, al mismo tiempo, necesarias. Desde una perspectiva neurocognitiva, esto estimula la metacognición: el lector toma conciencia de que está interpretando, de que el sentido no está dado, sino que se produce en su mente.
En contextos contemporáneos —marcados por la sobreinformación y la simplificación— el oxímoron funciona casi como un gesto de resistencia. Obliga a detenerse, a no consumir el texto de manera pasiva. Activa una lectura lenta, reflexiva, corporal incluso. El cerebro, sacado de su piloto automático, entra en un estado de atención más profunda.
En síntesis, el oxímoron es una técnica que aprovecha una propiedad central del cerebro humano: su capacidad de tolerar —y producir— contradicción. No busca resolver el conflicto, sino mantenerlo vivo. Y en ese espacio incómodo, inestable, paradójico, es donde la literatura se vuelve pensamiento, emoción y experiencia al mismo tiempo.
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