Érase un apéndice en forma de imperio,
un promontorio audaz sobre el semblante,
atalaya del aire, puente altanero,
nariz que gobernaba al resto errante.
No olía: administraba los aromas,
no estornudaba: emitía decretos.
Sombra daba al labio como torre a plaza,
y al rostro lo volvía mero pretexto.
Era pico, era proa, era muralla,
catalejo del viento y del resuello;
si el hombre hablaba, ella daba la talla,
pues primero entraba al mundo su destello.
Tal fue su ser de cosa soberana
que el cuerpo fue soporte… y no al revés.
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