Carlos Pablo Cocciolo

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domingo, 21 de diciembre de 2025

provocacion neuro

La provocación
(Ensayo desde la neurociencia y la psicología cognitiva aplicado a la escritura)
La provocación, como técnica discursiva y literaria, no consiste simplemente en “decir algo fuerte”. Provocar es activar, desacomodar, interrumpir la inercia mental del lector. Desde la perspectiva cognitiva, la provocación es una estrategia que fuerza al cerebro a salir del modo automático de lectura —ese estado cómodo en el que el sentido fluye sin resistencia— y lo empuja a un estado de alerta interpretativa. Allí donde el texto deja de ser transparente, el pensamiento despierta.
El cerebro humano está diseñado para economizar energía. Leemos, hablamos y comprendemos mediante atajos mentales: esquemas, expectativas, rutinas lingüísticas. La provocación ataca precisamente ese sistema de ahorro. Introduce una disonancia: algo no encaja, algo incomoda, algo parece excesivo, incorrecto o incluso ofensivo. Esa incomodidad no es un defecto del texto; es su motor. Cuando el lector se detiene, se irrita o se defiende, la escritura ha cumplido su función provocadora.
Desde la psicología cognitiva, puede decirse que la provocación activa un conflicto entre dos sistemas mentales: el que busca coherencia y estabilidad, y el que detecta anomalías. El texto provocador viola una expectativa: moral, estética, ideológica, lingüística o emocional. Esa violación obliga al lector a reinterpretar, a justificar o a rechazar. En todos los casos, hay pensamiento. No hay lectura pasiva posible.
En términos neuronales —sin tecnicismos—, la provocación estimula zonas asociadas a la evaluación, al juicio y a la emoción. No solo entendemos el texto: reaccionamos frente a él. Por eso la provocación suele generar respuestas intensas: risa nerviosa, enojo, fascinación, rechazo. La indiferencia es el único efecto que la provocación no tolera.
Literariamente, la provocación puede adoptar múltiples formas. Puede ser temática: hablar de lo prohibido, lo silenciado, lo incómodo (sexo, poder, dinero, violencia, hipocresía social). Puede ser formal: romper la sintaxis, alterar el registro, mezclar lo culto con lo vulgar. Puede ser ética: obligar al lector a reconocerse en una posición incómoda. Y puede ser cognitiva: presentar una afirmación que contradice lo que el lector cree saber.
Es importante subrayar que provocar no es insultar. El insulto clausura el pensamiento; la provocación lo abre. El insulto empuja al lector fuera del texto; la provocación lo retiene, aunque sea a la fuerza. Desde este punto de vista, la provocación es una técnica de enganche cognitivo: el lector sigue leyendo no porque esté de acuerdo, sino porque necesita resolver el conflicto que el texto ha instalado.
La provocación también cumple una función de desautomatización del lenguaje. La lengua cotidiana está llena de fórmulas gastadas que ya no significan nada. La provocación las quiebra. Al exagerar, invertir o llevar al límite una idea socialmente aceptada, el texto obliga a verla como si fuera nueva. Aquí aparece un vínculo claro con el concepto de extrañamiento: provocar es volver extraño lo familiar para que vuelva a ser pensable.
En el plano psicológico, la provocación toca una fibra sensible: la identidad. Muchas reacciones intensas ante un texto no se deben a su contenido “objetivo”, sino a que el lector siente que algo propio está siendo cuestionado. La provocación eficaz no ataca al lector; lo involucra. Le devuelve una imagen distorsionada de sí mismo, de su época o de su moral. Ese espejo deformante es profundamente literario.
También hay una dimensión temporal en la provocación. Un texto provocador rara vez se agota en la primera lectura. La mente sigue trabajando después: reaparece la frase incómoda, la imagen excesiva, la afirmación insoportable. Desde la neurociencia cognitiva, esto se explica porque el cerebro intenta cerrar lo que quedó abierto. La provocación deja una herida semántica que exige elaboración posterior.
En síntesis, la provocación es una técnica que usa el conflicto como forma de conocimiento. No busca consenso, busca fricción. No tranquiliza, inquieta. Y en esa inquietud —emocional, cognitiva, moral— se produce uno de los efectos más potentes de la escritura: obligar a pensar allí donde el pensamiento preferiría no hacerlo.

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