Son las tres de la madrugada y el reloj ya no es un reloj: es un animal gordo, sudado y tiránico plantado en la mesa de luz, un sapo de metal con autoridad policial. No hace tictac: hace TAC-TAC-TAC, un martillo neumático dentro del cráneo, un obrero invisible rompiendo baldosas en el oído con aliento a café rancio. Cada golpe tiene olor: pila recalentada, plástico tostado, tiempo podrido guardado en un cajón húmedo desde 1987.
El segundero no gira: raspa. Uña sucia contra pizarrón, cucharita contra lata vacía, diente contra papel aluminio. Se oye, se siente, se mastica. El aire tiene gusto a cobre, a moneda chupada, a insomnio fermentado. Tragás saliva y te bajan tornillos por la garganta.
El reloj transpira. Sale una humedad tibia, una pestecita a aparato viejo y a nervio frito. Si acercás la cara te deja un sabor agrio en la lengua, batería lamida, clavo oxidado. Cada TAC es una patada microscópica en el tímpano; cada TIC, un eructo mecánico que sacude las muelas.
Late después de tragarse tres kilos de anfetaminas y un kilo de lentejas crudas. Vibra tanto que la mesa zumba, el vaso tiembla, el universo tiene hipo. Si lo abrís sale vapor, olor a grasa caliente y un operario diminuto gritando insultos en idioma relojero.
Y no para. No para nunca. Ni un segundo. Ni medio. Ni un suspiro. El desgraciado sigue marcando la hora con delicadeza de topadora y empatía de cobrador a fin de mes.
A esta altura ya no sabés si querés dormir, vomitar o comértelo para que se calle.
Porque el reloj no da la hora.
La escupe.
Y vos estás abajo, con la boca abierta, tragando cada segundo caliente.