Carlos Pablo Cocciolo

Seguidores

domingo, 15 de febrero de 2026

hiperbole

Son las tres de la madrugada y el reloj ya no es un reloj: es un animal gordo, sudado y tiránico plantado en la mesa de luz, un sapo de metal con autoridad policial. No hace tictac: hace TAC-TAC-TAC, un martillo neumático dentro del cráneo, un obrero invisible rompiendo baldosas en el oído con aliento a café rancio. Cada golpe tiene olor: pila recalentada, plástico tostado, tiempo podrido guardado en un cajón húmedo desde 1987.

El segundero no gira: raspa. Uña sucia contra pizarrón, cucharita contra lata vacía, diente contra papel aluminio. Se oye, se siente, se mastica. El aire tiene gusto a cobre, a moneda chupada, a insomnio fermentado. Tragás saliva y te bajan tornillos por la garganta.

El reloj transpira. Sale una humedad tibia, una pestecita a aparato viejo y a nervio frito. Si acercás la cara te deja un sabor agrio en la lengua, batería lamida, clavo oxidado. Cada TAC es una patada microscópica en el tímpano; cada TIC, un eructo mecánico que sacude las muelas.

Late después de tragarse tres kilos de anfetaminas y un kilo de lentejas crudas. Vibra tanto que la mesa zumba, el vaso tiembla, el universo tiene hipo. Si lo abrís sale vapor, olor a grasa caliente y un operario diminuto gritando insultos en idioma relojero.

Y no para. No para nunca. Ni un segundo. Ni medio. Ni un suspiro. El desgraciado sigue marcando la hora con delicadeza de topadora y empatía de cobrador a fin de mes.

A esta altura ya no sabés si querés dormir, vomitar o comértelo para que se calle.
Porque el reloj no da la hora.
La escupe.
Y vos estás abajo, con la boca abierta, tragando cada segundo caliente.

hiperbaton

De una infancia —no ida sino inmóvil, no muerta sino deshabitada— quedaban, en luto de trapo más fiel que la memoria vestidas, las muñecas a...