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LA CATEDRAL DE LAS PALABRAS INDOMABLES
(Narración basada en los conceptos más controvertidos del libro)
El narrador, que no era narrador sino una vocal cansada, despertó una mañana tarde, porque así funcionan los oxímoron cuando nadie los vigila: se contradicen obedientemente.
—Hoy voy a decir lo que no debo decir —se dijo, provocándose a sí misma como en los manifiestos que glorifican la guerra solo para denunciarla—.
Y salió rodando.
Atravesó un pasillo lleno de sustantivos muertos, etiquetados como si fueran latas vencidas: cariño, honestidad, república, semáforo. Una enumeración caótica de significados abandonados iluminaba la escena:
botellas rotas, libros húmedos, adverbios colgando, viejas metáforas trepadas a un ventilador.
En el centro estaba la Mesa del Diccionario, respirando como un animal.
La vocal se acercó a la mesa, que le habló con voz asmática:
—No te acerques tanto… me estoy despalabrando.
Era un neologismo que la vocal entendió perfectamente, porque en ese mundo todos sabían que el lenguaje estaba vivo y paranoico. Las palabras podían suicidarse, multiplicarse o deformarse con una simple tos del narrador.
Del fondo de la catedral surgió un murmullo:
“Yambambé, solongo, telepateado, lanaturalidad, moho-homo-hongoso…”
Era la Secta de la Jitanjáfora, mezclada con los morfólogos de la repetición obsesiva, todos en trance lingüístico.
A cada sílaba que inventaban, un ladrillo del edificio temblaba.
A cada morfema que duplicaban, un adjetivo caía y se hacía añicos.
Bajo uno de esos derrumbes apareció una criatura extraña:
un Verbo Copulativo con chaleco de fuerza, sujeto a una preposición rebelde que intentaba escapar hacia Europa.
—Yo ser este así… yo ser este así… —balbuceaba—, repitiendo los deícticos primigenios como si fueran un mantra prehistórico.
La vocal siguió caminando.
Se encontró con una oración religiosa convertida en receta de cocina, una transfusión genérica mal curada:
Árdeme dos minutos por lado.
Condime con tu saliva.
Batime la fe a punto nieve.
Todo estaba permitido allí, excepto la coherencia.
En una esquina vio a tres pronombres peleándose por el territorio del yo:
—¡Vos no sos vos, soy yo!
—¡Tú no puedes ser yo porque usted soy yo!
—¡Yo los contengo a todos, manga de plurales!
La vocal siguió, ya acostumbrada al caos.
De pronto, un estruendo.
Una puerta explotó en violación ortográfica pura:
KE ASÉZ AKÁ, SI NASTÉ AYER NOMÁ?
Las letras salieron volando como chispas.
La vocal se cubrió, pero una mayúscula la golpeó en la frente con violencia simbólica.
Al fondo, en el corazón más oscuro de la catedral, vivía la Gran Alegoría.
Era un ser que cambiaba a cada mirada:
a veces flor que se deshoja, a veces mujer que envejece, a veces caballo que huye, a veces pájaro que canta sobre una tumba.
Le habló de espaldas, porque así hablaban los símbolos:
—Soy el sentido que nadie nombra. Soy la idea disfrazada. Soy lo que te conviene negar.
La vocal quiso responder, pero sus sílabas se derritieron.
Un silencio ensordecedor —oxímoron veterano, orgulloso, disciplinado en su contradicción— cubrió todo.
Entonces, la catedral tembló.
No era un derrumbe físico:
eran las palabras rebelándose contra su propio manual, burlando definiciones, parodias, clasificaciones, gramáticas.
Se escapaban por las ventanas como animales liberados de una granja crítica.
La vocal entendió.
Para sobrevivir, debía hacer lo prohibido:
convertirse en narradora, en sustantivo, en verbo, en todo lo que el manual decía que no era.
Así lo hizo.
Y al hacerlo, dejó escrito en el muro final de la catedral:
LAS PALABRAS SOLO OBEDECEN CUANDO NO SON LITERATURA.
Y se apagó.